Se escribe lo que se siente,
Lo que se piensa;
A nadie extraña.
Monje de las armas o la cruz,
¿Son diferentes?
Se lucha con palabras
Y lo que dicen éstas.
Mas no siempre
-O casi nunca-
Véncese sobre del tiempo y su mensaje.
Nuestros santos señores
O terribles enemigos en el alma.
Francisco CERVANTES VIDAL, AL DICTADO DE LA FE
El escritor argentino Jorge Luis BORGES ACEVEDO tiene un luminoso apotegma en el que intuye que el Paraíso debe de ser alguna especie de biblioteca. Esta metáfora entre el Paraíso y una biblioteca es comprensible en quien, desde su infancia, creció rodeado de libros y la voluntad de su padre de que fuera el escritor que él nunca pudo ser. Cuando BORGES fue designado director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina cumplió con el encargo público más importante de un hombre de letras: convertirse en la cabeza de la inteligencia de una nación. En mi caso, y como bibliófilo irredento, Jorge Luis BORGES representa para mí una de las cimas de la vocación literaria y del compromiso ineludible con el florecimiento de la cultura.
El valor más importante de una biblioteca es la posibilidad de que el lector cultive por sí mismo creencias, convicciones y principios que le permitan consolidar un proyecto de vida acorde con su propia vocación.
En esta ocasión, no puedo recordar la primera vez que acudí a la biblioteca del Gómez Morín, sin embargo, sí conservo un recuerdo de un día especial que la visité. Era 2013 cuando viajé a Querétaro, y si bien, ahora tampoco recuerdo el motivo de ese viaje, sí recuerdo que coincidió con un proyecto literario en el que estaba trabajando. En aquellos años la “Fundación para las Letras Mexicanas” publicó una convocatoria para una beca de escritura en diferentes géneros literarios y me interesaba participar en el área de narrativa. Por este motivo, escribí un cuento para concursar por la beca y fue cuando visité y consulté el acervo de la biblioteca del Gómez Morín.

En la Biblioteca “Francisco Cervantes Vidal” encontré un luminoso libro de Walt WHITMAN, “Saludo al mundo y otros poemas,” cuya traducción la realizó Carlos MONTEMAYOR. Durante 2013, previo a la celebración del nacimiento de Octavio PAZ, comenzó mi acercamiento a la poesía y pude descubrir la obra de Walt WHITMAN. La página de internet de la Poetry Foundation fue una de las primeras fuentes donde leí poesía en inglés y también encontré a Walt WHITMAN. Por este motivo, cuando llegué a la biblioteca “Francisco Cervantes Vidal,” llamó mi atención el título de WHITMAN; comencé a hojearlo y descubrirlo inmediatamente.

Ese verano escribí un cuento que, más que cuento, se trató de un “desquite en contra de la realidad en contra de las circunstancias,” como magníficamente habría sentenciado VARGAS LLOSA. Volví a la Ciudad de México con ese cuento en mi mochila, lo presenté en las oficinas de la fundación y, a pesar de mi entusiasmo, no recibí respuesta favorable. El día de los resultados me sentí triste y frustrado porque no fui seleccionado para la beca, sin embargo, era consciente de mis limitaciones intelectuales. Carecía de una sólida cultura -no sólo literaria, sino histórica, filosófica- no sabía ninguna lengua extranjera, y tampoco contaba con ningún contacto en el medio.
Como creyente, siempre he sabido que cualquier suceso atiende a una razón superior, por lo que nada de lo que acontece es obra del azar. En ese momento, mi consuelo fue creer que no había sido seleccionado porque la vida tendría otros planes más afines a mi verdadera vocación escritural. Aunque acepté el resultado inmediatamente, no cejó mi esfuerzo por, si al menos no convertirme en un escritor, sí poder superar todas mis limitaciones intelectuales. Entonces, decidí incrementar mi bagaje cultural: conocer sobre literatura, aprender idiomas, mejorar mi estilo; total todo esto siempre ha formado parte de mi historia personal.
Ahora, al volver la vista hacia atrás, reconozco que, a partir de esa experiencia literaria, descubrí el camino que me condujo hacia mi vocación escritural.
Desde niño tuve una inclinación natural hacia la escritura, cuando mi clase favorita era la de español, al realizar los ejercicios de escritura de oraciones. Quizá esto se debe a que la estructura de cualquier enunciado opera a través de un sujeto y un predicado que usualmente incluye un verbo. La actividad lógica que subyace a la escritura implica uno de los procesos mentales más estimulantes y valiosos del ser humano: la facultad de nombrar. Es decir, al momento de formular un enunciado generalmente se identifica al sujeto y la acción que realiza, por ejemplo: El anciano escribe un ensayo.

En mis días de estudiante de primaria en la escuela “Juan de la Luz Enríquez,” además de haber aprendido a escribir, también aprendí a leer. Si a través de la escritura, el ser humano aprende a nombrar y representar, entonces, a través de la lectura, aprende a interpretar y comprender. Quizá porque la lectura implica la capacidad del ser humano de interpretar y comprender significados a partir de signos escritos u otros sistemas de representación. Debido a que estas facultades son propias de los procesos cognitivos del ser humano, podrían parecer meramente intelectuales, aunque de ninguna manera solamente lo son.
La escritura ha permitido a los seres humanos componer discursos mediante los cuales, al articular enunciados u oraciones, es posible comprender e interpretar la subjetividad propia, además de los entornos. En este sentido, las palabras son la unidad primaria de cualquier enunciado u oración que permiten la conformación de discursos. Los discursos han acompañado al ser humano desde sus orígenes y han quedado resguardados en libros para poder conservarse y ser transmitidos de generación en generación. Si bien, el libro ha sido el medio por antonomasia para plasmar los discursos, estos han acompañado al ser humano desde sus albores, antes de la existencia misma del libro.

El libro es ese invento de la civilización humana que le ha permitido al homo sapiens plasmar los diferentes discursos que ha creado o formulado. Para comprender a cabalidad esto, es necesario acudir a la historia del libro para saber cómo este invento ha evolucionado desde sus orígenes hasta ahora. Aunque existen diferencias entre los libros más remotos y los actuales, una característica común es que han servido como el recipiente que contiene diferentes discursos. Esta disertación ha sido necesaria para llegar al punto medular de este ensayo: reconocer a la biblioteca como el lugar donde el humano puede conocer, aprender y reconocerse a sí mismo y a su entorno.
En ese momento, mi consuelo fue creer que no había sido seleccionado porque la vida tendría otros planes más afines a mi verdadera vocación escritural.
Mi interés primigenio por las bibliotecas surgió en mi época de estudiante universitario en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Recuerdo claramente los días que pasaba revisando los estantes y anaqueles para identificar las distintas materias de los libros resguardados en la biblioteca “Antonio Caso.” El recorrido por sus pasillos se convirtió en un ejercicio de aprendizaje del derecho al poder identificar los temas y subtemas de las distintas materias. Asimismo, en aquella promisoria biblioteca jurídica, pude conocer a los más ilustres autores, tanto nacionales como extranjeros, que habían escrito obras muy relevantes de jurisprudencia.

Ahora bien, uno de los problemas que enfrenta cualquier bibliófilo es el mismo de cualquier deportista o artista: la obsesión por su arte o disciplina. Cuando una persona comienza a adentrarse en el universo del conocimiento humano, esa experiencia se torna una vorágine de la que ya no hay escapatoria. Es decir, cuando algún bibliófilo visita una biblioteca especializada llega un momento en que se vuelve imperativo continuar explorando los otros campos del conocimiento humano. En este sentido, luego de haber indagado una y otra vez los estantes de la biblioteca “Antonio Caso,” me dirigí a la biblioteca más célebre de la UNAM: la Central.
Hoy en día puedo reconocer, sin exageración alguna, que la Biblioteca Central de la universidad nacional fue la cuna donde yo fui mecido como bibliófilo. La mística de la Biblioteca Central se hace patente al mirar los impetuosos y luminosos murales de la autoría del arquitecto y pintor Juan O´GORMAN. Cuando cualquier estudiante universitario curioso, observa las fachadas de la Biblioteca Central -y por lo tanto, los murales de O´GORMAN- contempla una invitación al conocimiento de la historia de México. Ahora bien, si anteriormente sostuve que la escritura ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes, no ha sido el único medio a través del que se han transmitido las ideas.

Las ideas entendidas como un conjunto de conceptos que permiten formular argumentos para el conocimiento han sido quizá las compañeras primigenias del ser humano en su calidad de ser racional. Sin abordar la discusión sobre el origen de las ideas, en esta ocasión, es suficiente sostener que si bien, la escritura es el medio por antonomasia para transmitir las ideas, no es el único posible. Las ideas también pueden ser comunicadas a través de imágenes o sonidos, es decir, la comunicación de las ideas no sólo se realiza a través de palabras, sino que también puede ser mediante otros signos. De ahí, que sea necesario comprender que las ideas no son exclusivas de los discursos, sino que también pueden transmitirse tanto simbólica (mediante imágenes o sonidos) como discursivamente (mediante palabras).
Esta disertación ha sido necesaria para llegar al punto medular de este ensayo: reconocer a la biblioteca como el lugar donde el humano puede conocer, aprender y reconocerse a sí mismo y a su entorno.
Luego de haber recibido la noticia de que no me había sido otorgada la beca de la “Fundación para las Letras Mexicanas” comencé a acudir a la Biblioteca de México. Como ya lo mencioné antes, a pesar de mi decepción, sabía que aquel improvisado cuento no merecía una beca para poder aprender a escribir narrativa. Así que comencé a visitar la biblioteca ubicada en la Ciudadela con el propósito de poder incrementar mis conocimientos literarios y cultivar mis habilidades escriturales. Ahora, al volver la vista hacia atrás, reconozco que, a partir de esa experiencia literaria, descubrí el camino que me condujo hacia mi vocación escritural.

El día que dejé atrás la lamentación por mi fracaso y convertí esa experiencia en una oportunidad, abandoné mi habitación e ingresé a la biblioteca. Una biblioteca es un laberinto infestado de trampas y entradas sin salida, por lo que lejos de ser un espacio inocuo, es un espacio riesgoso. Sin embargo, es importante aclarar que este necesario riesgo implica rasgar el velo de las propias creencias y prejuicios con los que se ha crecido. La experiencia no es fácil y siempre va acompañada de desencanto, sobre todo cuando uno se descubre, y descubre que no se puede volver atrás.
En México, he podido visitar distintas bibliotecas, lo mismo la Biblioteca de México en la Ciudad de México que la biblioteca del Exconvento de Santo Domingo de Guzmán en Oaxaca. Si bien, México es un país que cuenta con acervos bibliohemerográficos valiosísimos, también cuenta con pequeñas bibliotecas municipales o de colonias que igualmente son importantes. Ahora recuerdo la pequeña biblioteca pública ubicada en la calle 6 de la Colonia Pantitlán, donde yo nací y crecí, en la Ciudad de México. Así como esa sencilla biblioteca, situada en la zona oriente de la Ciudad de México, existen miles de bibliotecas construidas en los municipios del país.

Al igual que las bibliotecas, en cada colonia, barrio o comunidad mexicana, hay un templo católico, por lo que quizá, estos sean los recintos públicos que más abundan en México. Los templos y las bibliotecas son recintos públicos que, aunque en un primer momento pudieran parecer disímiles, analizándolos a profundidad no lo son con demasía. Desde una perspectiva antropológica, ambos espacios permiten la confluencia de las comunidades en la realización de sus respectivos propósitos: la liturgia en el templo y la lectura en la biblioteca. Ambos actos, confluyen en un fin superior del ser humano que es la edificación espiritual e intelectual de los creyentes y lectores que ahí acuden.
Así puedo reconocer que la vida de cualquier persona siempre está a travesada por diferentes anhelos, por lo que, quizá, nuestra principal responsabilidad vocacional sea poder encauzar armoniosamente ese bagaje existencial.
En el caso de una homilía de un sacerdote católico -que se trata de un discurso- permite a los creyentes comprender el Evangelio de Jesucristo. Mientras que un libro de un escritor, sin importar el género literario al que pertenezca, permite a los lectores la comprensión de su propia cosmovisión. La liturgia es un acto comunitario ya que siempre está encabezada por un sacerdote o diácono, mientras que la lectura generalmente es un acto individual. En este sentido, se puede colegir que en el templo se escucha, contempla y comulga, mientras que en la biblioteca se lee, analiza y comprende.

En 2014 en la Biblioteca de México tuve la fortuna de coincidir, en un taller sobre Octavio PAZ, con el poeta Julio HUBARD con quien pude profundizar en el conocimiento de la obra paciana. Así fue como mi interés por la poesía surgió intempestivamente, como si desde siempre esa semilla hubiera estado ahí esperando un día encontrar el campo propicio para germinar y florecer. De aquella época recuerdo una revelación poética en la biblioteca personal de Jaime GARCÍA TERRÉS, donde se resguardan algunos de los textos más luminosos de la Biblioteca de México. Mi estancia en esa biblioteca, junto con la guía del poeta Julio HUBARD, me permitió adentrarme en los exquisitos e intrincados regocijos de la poesía.
Durante 2016, en la Escuela Cursiva, tomé un curso en línea con el escritor español Manuel LUCENA GIRALDO, de quien ahora guardo los mejores recuerdos. A partir de ese curso, con el profesor LUCENA, reconocí que el género de MONTAIGNE era el que mejor se adecuaba a mis intereses vocacionales. Desde aquellos años comprendí que, el ensayo permite indagar libre y gozosamente sobre distintos tópicos, aunque, quizá, el tópico por antonomasia sea el pensamiento propio. En razón de mi natural inclinación hacia la reflexión analítica, pude descubrir en el ensayo, el género que mejor me permitía inquirir sobre mis ideas.

Aunque en distintas ocasiones he visitado el Centro Educativo y Cultural del Estado “Manuel Gómez Morín”, ahora conservo un especial recuerdo de una visita entre el 25 y 26 de julio de 2016. Aún no habitaba en Querétaro, sino que, luego de haber concluido un ciclo laboral en la Ciudad de México, pasé unos días en la capital queretana. En aquella ocasión, cuando acudí a la Biblioteca Pública Central Estatal “Francisco Cervantes Vidal,” noté una serie de deficiencias en las instalaciones y servicios bibliotecarios. El Centro Educativo y Cultural “Gómez Morín” no era nada de lo que se ha convertido ahora que he vuelto a visitarlo una vez más.
El nombre de la biblioteca Francisco CERVANTES es un homenaje al poeta, narrador y traductor originario de Querétaro, nacido el 1 de abril de 1938. En 1977 CERVANTES recibió una beca de la Fundación Guggenheim para estudiar en Portugal; después trabajó como periodista y profesor en la Universidad Autónoma de Querétaro. Algunas de sus obras más destacadas son: “La materia del tributo,” “Los varones señalados,” “Cantado para nadie,” “Heridas que se alternan” y “Los huesos peregrinos.” En 1982 fue galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia, mientras que en 1986 recibió la Orden Río Branco de Brasil y el Premio Heriberto Frías.

Es importante enfatizar que, la lengua lusitana es un hilo conductor en la obra muy original, tanto poética como de traducción, de Francisco CERVANTES VIDAL. En su trabajo de traductor, CERVANTES vertió la obra de Fernando PESSOA, José María de ECA QUEIRÓS y José COELHO PACHECO del portugués al castellano. Como si el espíritu de CERVANTES estuviera presente en la biblioteca nombrada en su honor, ahora que he vuelto pude recordar una canción que muchísimos años atrás no había escuchado. Os versos seus, Tão meus, que peço, Nos versos meus, Tão seus, que esperem que os aceite, dice la canción “Resposta” de la banda Skank.
Debido a mi formación como abogado aprendí a interpretar textos, por lo que adquirí una de las mejores habilidades desde mis años de estudiante universitario. Si bien, en mí siempre ha existido un interés nato hacia la literatura, la realidad es que, aunque no en el género de la ficción, siempre he estado rodeado de textos: leyes, reglamentos, sentencias, oficios. Quizá la labor primigenia de un jurista sea interpretar las normas, lo mismo los jurisconsultos romanos que los actuales jueces deben interpretar las normas para poder resolver los asuntos jurídicos. Así puedo reconocer que la vida de cualquier persona siempre está a travesada por diferentes anhelos, por lo que, quizá, nuestra principal responsabilidad vocacional sea poder encauzar armoniosamente ese bagaje existencial.
Cuando BORGES fue designado director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina cumplió con el encargo público más importante de un hombre de letras: convertirse en la cabeza de la inteligencia de una nación.
En este sentido, cabe aclarar que la visita a una biblioteca no sólo debería implicar el aprendizaje de habilidades, sino que también es plausible para el disfrute de lecturas placenteras. Aquí es donde las bibliotecas también tienen una vital importancia; la literatura en sentido amplio es el campo del conocimiento humano que comprende diversos géneros como novela, cuento, ensayo, poesía, crónica, y un largo etcétera. Si bien, en las bibliotecas se pueden adquirir diversos conocimientos útiles para desarrollar múltiples y variadas habilidades, la lectura también puede ser placentera o recreativa. El regocijo intelectual es otro estadio que permite alcanzar una edificación espiritual en el ser humano y, sin duda alguna, constituye otro de los beneficios de acudir a las bibliotecas.
Asimismo, en México se debe fomentar una cultura de autoaprendizaje en las bibliotecas sobre todo para los adultos que por cualquier razón no tuvieron la oportunidad de completar estudios formales. En las ciudades, donde generalmente están las bibliotecas, los trabajadores deberían encontrar un espacio para adquirir los conocimientos y las habilidades para un buen vivir. En este sentido, se ingresa en el campo de la ética donde es fundamental que las personas asuman principios que les aseguren una vida valiosa. El valor más importante de una biblioteca es la posibilidad de que el lector cultive por sí mismo creencias, convicciones y principios que le permitan consolidar un proyecto de vida acorde con su propia vocación.

Cuando BORGES intuía que el Paraíso debería de ser una especie de biblioteca, quizá lo hacía pensando en la expiación que ahí se puede alcanzar. Volver a la biblioteca Francisco CERVANTES, ya no como un aprendiz de escritor, sino como un abogado en propiedad intelectual, es la respuesta a una vocación que me impelió a no ser un cuentista, sino más bien un abogado comprometido con la indagación de las ideas. Ahora puedo comprender que, los anales de la literatura mexicana no habrán ganado un narrador más, pero la historia cultural e intelectual de mi país sí habrá encontrado a uno de sus más fieles adalides. Espero que, a través de este ensayo, quede muestra fehaciente del compromiso y la responsabilidad que me impelen a estar a la altura de mi vocación escritural.
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